La ceremonia inaugural está lejos de ser el más momento más emotivo de los Juegos Olímpicos. Es más, no resulta sencillo diferenciar una de otra a través de la historia. Cumplen con la función de presentar y con eso les basta. Que la prosperidad quede para otros.
Pese a eso, es uno de los eventos que más aglutina gente, no sólo porque en ella participan casi todos los deportistas, sino también porque el público se desvive por presenciarla. Lo grafica el hecho de que son las entradas más caras de todas y sus precios en la reventa llegan a valores ridículos.
Pero hay mucho más gente de la que se observa en las tribunas. Aquí, en Beijing, entre curiosos, voluntarios y policías unas cinco mil personas iban y venían para observar la trastienda del evento, a esos cientos de anónimos muchachos que impecablemente vestidos y maquillados dominaron la cancha en los primeros minutos y que después salían buscando un aplauso de recompensa o alguna foto con un improvisado fanático que les permitiera trascender su experiencia. Por cierto, conseguían lo uno y lo otro.
Los cerca de 600 metros que existen entre el “Nido de Pájaro” y el Estadio Nacional Techado eran uno de los principales atractivos para el público que no pudo pagar un boleto. En esa larga fila, de la cual menos de la mitad era realmente visible, estaban juntos los deportistas de todos los países, impacientes por tomar su papel en el desfile, matando el tiempo sacándose fotos entre ellos, conversando nerviosos y, algunos, recibiendo vítores de la gente. Pero no eran el único.
Sin importar que al alcance de la cámara estuvieran los mejores tenistas, atletas y basquetbolistas del mundo, lo más importante para esos que se quedaron afuera del estadio eran los fuegos artificiales. Los primeros nacieron en el “Nido de Pájaros”, pero después aparecieron de todos lados, dominando los sectores aledaños con colores y formas, dándoles así el mayor privilegio de la noche. Los chillidos y palabras de asombro se apilaban luego de cada estallido, como si ese fuese el instante más supremo de todos, como si fuese ahí donde se definiesen los Juegos Olímpicos.
De pronto, el cielo de Beijing se tornó multicolor y aquella notable fiesta que vivieron 91 mil asistentes al “Nido de Pájaro” se hizo extensiva a toda una ciudad, que por algunos minutos vio reflejado todo su orgullo en aquellos destellos de colores.
Felipe Hurtado,
Enviado especial de La Tercera.

Agosto 12, 2008 a las 1:30 pm
Me gustaria, comenzar diciendo que dirigente tenemos , me al comentario de que el no esperaba ninguna medalla, si tenemos dirigentes derrotistas, que le importa un carajo si triunfamos o no , de que preparación deportiva estamos hablando , o sea nuestros deportista van por cumplir , cambiemos nuestra mentalidad y aquellos derrotistas que se vayan para la casa
Agosto 12, 2008 a las 6:46 pm
Muy clara tu visión. Me parece que el periodismo siempre debe ser así!
Mis sinceras felicitaciones.
Alfonso.