
Como en buena parte del mundo que se precie progresista y preocupado del medio ambiente, en China buscan disminuir el consumo de cigarrillos. El asunto no es invasivo como en Chile y otros países, en que la publicidad molesta tanto a fumadores como a los que no lo son, sino que hay carteles en algunos lugares estratégicos.
Los niños están aprendiendo a mirar con horror el cigarrillo. No tienen problemas en molestar con falsas toces a quienes pasen por su lado y hasta perseguirlos durante unos metros repitiendo el gesto de desaprobación.
A primera vista, no se puede decir que el chino fuma como chino, sino que igual o similar a otros partes. Sin embargo, hay un detalle que parece demostrar lo contrario y lanza por la borda las tímidas campañas.
Además de vender cajetillas en kioscos y locales comerciales, en Beijing se pueden comprar en farmacias, ahí junto a los remedios para la tos y las pastillas de la garganta. Y no están escondidos para los desesperados, sino que en la vitrina, como si fuera de lo más normal. Como si se trata de cigarros medicinales, que, por cierto, no son.