
No podría decir que conocí Beijing. No es porque me resultara imposible visitar la famosa Muralla China o cualquier otro lugar turístico que estuviera más allá de la Plaza Tian’anmen y la Ciudad Prohibida, que están una al frente de la otra. Más bien se debe a porque viví en un bus desde el Centro de Prensa a algún estadio y viceversa. El tiempo para otras cosas fue escaso y quizás así es como lo querían.
Mi versión de la capital fue la que me daban las ventanas de los vehículos en movimiento. Una rápida mirada al gigante que sigue creciendo. Edificios modernos por doquier en todos lados, recintos deportivos impecables y carreteras sin hoyos, estrenadas justo para el magno evento.
Tampoco fue posible conocerla a través del diálogo. El inglés de la mayoría de la población es paupérrimo y para qué hablar del español, el que sólo hablan especimenes que sólo pueden calificarse de extraños. Como si se ocultaran en el idioma para resguardar sus secretos.
Lo que pasaba más allá de esas construcciones, algunas que fueron terminadas nada más que en sus fachadas para no desentonar, quedará para otra ocasión, cuando la magnitud de China nos obligue a conocerlos a su modo, aprendiendo su lengua y sus costumbres, como ese gusto por escupir de forma sonora en todos lados o evitarle los pañales a los niños, prefiriendo un pantalón abierto en el trasero para que hagan sus necesidades cuando se les antoje.
Todo eso será para una próxima oportunidad que no se sabe si llegará. Los Juegos Olímpicos se han terminado y es hora de regresar a casa sin haber capturado casi nada de los que hay del asiento de un taxi o un bus.
Agosto 26, 2008 a las 3:43 am
Que asco lo de los ninos!!!! o sea, tengo CERO GANAS DE IR A CHINA!!!
UAAAAAAAAACCCCCCCCCCCCC