Es imposible pasearse por los distintos escenarios olímpicos, por la enorme sala de prensa, y observar toda la infraestructura dispuesta, sin caer en el absurdo ejercicio de si sería posible que Chile organizara unos Juegos.
Todo aquel que cae en la interrogante, concluye lo mismo: qué sería imposible. Los más optimistas aclaran que, al menos, en el corto plazo. Otros, sencillamente lo consideran una utopía mayúscula.
Pese a las negativas, la discusión continúa. ¿Dónde hacerlo? Santiago suena como la única opción “razonable”. ¿Dónde en Santiago? Mmmmmmmmmmmm. Y ahí queda todo. ¿En el Nacional? Habría que derrumbarlo entero para construir apenas la veinteava parte de lo que se necesita. ¿Las Condes, Peñalolén, La Reina? Ninguna de las anteriores. ¿Cerca del aeropuerto? Digamos que el olor no daría una buena imagen del país. ¿Por Pudahuel, un poquito más allá? ¿Dónde la “U” no pudo levantar ni canchas de entrenamiento porque el suelo se hundía?
El lugar sería un problema, pero no el último. Incluso, solucionado ese tema, aparecerían las juntas de vecinos reclamando con que la construcción hace mucho ruido, que provoca muchos desvíos, que les desvaloriza las viviendas. También aparecerían los políticos, de derecha o izquierda según quién lleve a cargo el proyecto, quejándose de que los miles de millones de dólares gastados no se justifican, que el país tiene otras necesidades, que esa plata está para otras cosas, que no tenemos que gastarnos a tontas y a locas lo que hemos ahorrado, menos por deporte. Menos por el deporte.





