Juegos Olímpicos en Chile, una reflexión corta para un día largo

Agosto 10, 2008 por laterceraenbeijing

 

Es imposible pasearse por los distintos escenarios olímpicos, por la enorme sala de prensa, y observar toda la infraestructura dispuesta, sin caer en el absurdo ejercicio de si sería posible que Chile organizara unos Juegos.

Todo aquel que cae en la interrogante, concluye lo mismo: qué sería imposible. Los más optimistas aclaran que, al menos, en el corto plazo. Otros, sencillamente lo consideran una utopía mayúscula.

Pese a las negativas, la discusión continúa. ¿Dónde hacerlo? Santiago suena como la única opción “razonable”. ¿Dónde en Santiago? Mmmmmmmmmmmm. Y ahí queda todo. ¿En el Nacional? Habría que derrumbarlo entero para construir apenas la veinteava parte de lo que se necesita. ¿Las Condes, Peñalolén, La Reina? Ninguna de las anteriores. ¿Cerca del aeropuerto? Digamos que el olor no daría una buena imagen del país. ¿Por Pudahuel, un poquito más allá? ¿Dónde la “U” no pudo levantar ni canchas de entrenamiento porque el suelo se hundía?

El lugar sería un problema, pero no el último. Incluso, solucionado ese tema, aparecerían las juntas de vecinos reclamando con que la construcción hace mucho ruido, que provoca muchos desvíos, que les desvaloriza las viviendas. También aparecerían los políticos, de derecha o izquierda según quién lleve a cargo el proyecto, quejándose de que los miles de millones de dólares gastados no se justifican, que el país tiene otras necesidades, que esa plata está para otras cosas, que no tenemos que gastarnos a tontas y a locas lo que hemos ahorrado, menos por deporte. Menos por el deporte.

Una bomba ambiental

Agosto 9, 2008 por laterceraenbeijing

El calor es cosa seria por estos lados. Los termómetros pueden no pasar de los 30° celsius, pero la sensación térmica es mucho mayor. A ratos parece como si alguien prendiera la estufa en un soleado día de verano y la dejara al máximo. La sofocación llega al grado que hasta un brasileño se levanta y dice que en su vida ha sentido algo así.

Qué decir del esmog, que hace parecer al de Santiago casi como un paraíso, gracias a que mezclado con la constante niebla de estos días deja una visibilidad inferior a un par de metros.
En ese ambiente, el que siempre se temió que presentara Beijing 2008, partieron los deportes en los Juegos Olímpicos más caros de la historia.

El debate por las condiciones climáticas lleva abierto un rato, pero todavía nadie levanta la primera piedra en China.

Sin buscar polémica ni tampoco excusas, los remeros chilenos manifestaron su preocupación por el tema. Luego de terminar quinta en su serie, Soraya Jadue reconoció que sintió lo pesado del aire, que complicó mucho su desenvolvimiento, aunque de eso también tenía culpa el escaso tiempo de adaptación que llevan en la ciudad.

En el ciclismo, a Gonzalo Garrido le pasó algo parecido. Si bien confesó que su nivel estaba muy por debajo en un pelotón en el que destacaban varias figuras mundiales (los últimos ganadores del Tour de Francia, por ejemplo), dijo que el calor lo fue mermando de a poco durante la carrera de ruta.

Por ahora son pequeñas voces, que, por lo demás, no pretenden ser muy críticas, las que se refieren a las dificultades extras que imponen estos Juegos y que parece marcarán la pauta más pronto que tarde, muy probablemente cuando las pruebas al aire libre se vayan multiplicando y llegue el atletismo.

Quizás no haya un culpable único, que no sea sólo por el calor ni tampoco exclusivo de la contaminación, sino que en su mezcla, que forma una bomba difícil de aguantar.

Felipe Hurtado,
enviado especial.

Sin fuegos artificiales no hay fiesta

Agosto 8, 2008 por laterceraenbeijing

 

La ceremonia inaugural está lejos de ser el más momento más emotivo de los Juegos Olímpicos. Es más, no resulta sencillo diferenciar una de otra a través de la historia. Cumplen con la función de presentar y con eso les basta. Que la prosperidad quede para otros.

Pese a eso, es uno de los eventos que más aglutina gente, no sólo porque en ella participan casi todos los deportistas, sino también porque el público se desvive por presenciarla. Lo grafica el hecho de que son las entradas más caras de todas y sus precios en la reventa llegan a valores ridículos.

Pero hay mucho más gente de la que se observa en las tribunas. Aquí, en Beijing, entre curiosos, voluntarios y policías unas cinco mil personas iban y venían para observar la trastienda del evento, a esos cientos de anónimos muchachos que impecablemente vestidos y maquillados dominaron la cancha en los primeros minutos y que después salían buscando un aplauso de recompensa o alguna foto con un improvisado fanático que les permitiera trascender su experiencia. Por cierto, conseguían lo uno y lo otro.

Los cerca de 600 metros que existen entre el “Nido de Pájaro” y el Estadio Nacional Techado eran uno de los principales atractivos para el público que no pudo pagar un boleto. En esa larga fila, de la cual menos de la mitad era realmente visible, estaban juntos los deportistas de todos los países, impacientes por tomar su papel en el desfile, matando el tiempo sacándose fotos entre ellos, conversando nerviosos y, algunos, recibiendo vítores de la gente. Pero no eran el único.

Sin importar que al alcance de la cámara estuvieran los mejores tenistas, atletas y basquetbolistas del mundo, lo más importante para esos que se quedaron afuera del estadio eran los fuegos artificiales. Los primeros nacieron en el “Nido de Pájaros”, pero después aparecieron de todos lados, dominando los sectores aledaños con colores y formas, dándoles así el mayor privilegio de la noche. Los chillidos y palabras de asombro se apilaban luego de cada estallido, como si ese fuese el instante más supremo de todos, como si fuese ahí donde se definiesen los Juegos Olímpicos.

De pronto, el cielo de Beijing se tornó multicolor y aquella notable fiesta que vivieron 91 mil asistentes al “Nido de Pájaro” se hizo extensiva a toda una ciudad, que por algunos minutos vio reflejado todo su orgullo en aquellos destellos de colores.

Felipe Hurtado,
Enviado especial de La Tercera.